Entrevista (12, set.2017)

JAIME ROMERO
Rodrigo Villacís Molina
De palabra fácil, aunque no tanto como sus pinceles, que han producido una obra abundante, creada siempre al impulso de una emoción del instante, de una inspiración urgente, de una necesidad irreprimible de expresarse al momento, Jaime Romero considera que ya es hora de organizar su obra en un discurso coherente, a fin de provocar una respuesta seria del espectador. Y por eso está preparando una muestra permanente en su pueblo.
– ¿Es así, Jaime?
– Sí, porque todo tiene su tiempo, y habiendo dedicado tantos años a la pintura, ese tiempo ha llegado,
– Sus inicios…
– Bueno, yo vine a estudiar en el Colegio Mejía, de Quito, y ahí me encontré, entre los profesores al arquitecto Lenin Oña, que nos mandaba a dibujar nuestras propias caras viéndolas en el espejo, y los más hábiles, digamos, recomendaba que siguieran artes plásticas en la Universidad, en el Colegio de Artes. Recuerdo también que de pequeño yo hacía travesuras en mi casa, rayando en las paredes. Así que, me resultaba natural aceptar esa recomendación. Pero no cursé sino dos años en la Universidad..
– ¿Qué pasó?
– Me casé y por las responsabilidades de mi nuevo estado civil tuve que retirarme. Pero ya como estudiante había tenido mis logros. Por ejemplo, con Carmen Silva, una profesora chilena de Dibujo, que se interesó por lo que yo hacía. Pero antes conocí en el mismo colegio al maestro Calos Vicente Andrade, a quien comencé a visitar. Era asombroso verle hacer sus acuarelas en apenas una hora. Él decía que hay que responder sin vacilar a lo que a uno le impresiona.
– Parece que eso le quedó para siempre, ¿no?
– Quizás. .. Entonces, a mis 18 o 19 años, ya en la Universidad, hubo un concurso búlgaro-ecuatoriano, en el que participé y me dieron una mención por un desnudo. Eso me motivo mucho. Y desde entonces comencé a trabajar con trazos y bosquejos bastante rápidos.
– ¿Influencias de otros artistas?
– Siempre me ha gustado observar lo que hacen los maestros, para nutrirme con esos conocimientos, por ejemplo, Carmen Silva, a quien mencioné antes. También pude apreciar de cerca el trabajo de escultores como Jaime Andrade Moscoso. Todo aquello alimenta mi vena artística. Esa vena ha hecho que yo haga lo mío con los temas que están en mi memoria desde la infancia hasta hoy.
– Usted aludió a Carlos Vicente Andrade y su celeridad, digamos en su trabajo. Y me parece que usted no se queda atrás, sino todo lo contrario. De tal manera que muchos de sus cuadros, si no todos, parecen inacabados; como si le hubiese faltado tiempo, o no le interesara perfeccionarlos.
– Cuando comencé a estudiar la historia del arte, me llamó mucho la atención la pintura rupestre, y me di cuenta de que a esos remotos antepasados no les interesaba que lo que hacían quedase bien acabadito, no, no, no… El propósito de ellos tenía que ver con la magia, y no había que entrar en detalles, porque el suyo no era un lenguaje sofisticado. No estaban pensando en que lo que hacían quedara tan bonito. Se expresaban a su manera, y basta. Vea usted también lo que nos dejó la cultura Guangala; es una primera emoción, que no admite retoques. Creo que el verdadero sentimiento está en la emoción, en la emoción primaria, si usted quiere…
– Esa posición, legítima, sin duda, puede resultar difícil de entender.
– Desde luego, ya me ha sucedido, aquí mismo, con las autoridades de mi pueblo y, por otro lado, con algunos críticos académicos. No se diga, en mis primeros tiempos, mis antecesores inmediatos, los pintores con quienes me reunía; me decían que a mí obra nunca la van a aceptar en un salón. Y lo que me decían, en lugar de intimidarme, me retaba a mejorar, sin apartarme de mi concepción del arte. Era un desafío.
– ¿Alguien le apoyaba?
– Ocurrió algo interesante: yo había pintado un cuadro para exponer en el Ejido, precisamente sobre los pintores que todos los sábados exponen ahí; ese era el tema. Y para sorpresa de todos, el jurado del Salón de Octubre del 86 me dio el Primer Premio por ese cuadro.
– ¿Usted también exponía en el Ejido?
– Sí, por 14 años. Fue una experiencia maravillosa. En ese parque solían visitarnos los pintores que ya tenían un nombre; conversábamos, bromeábamos; compartíamos bellos momentos.
– Como una bohemia al aire libre, ¿no?
– Algo así. Y algunos de esos cuadros fueron al exterior; les gustaba a los turistas, y se los llevaban. Pero yo también fui al exterior.
– ¿….?
– Fui a Centro América, donde mi obra despertó interés. En el año 94 participé en una exposición itinerante organizada por nuestra Cancillería, que nos llevó, a otros compañeros y a mí, a El Salvador y Guatemala, donde pasé cinco meses. Un crítico francés me estimuló,, y México. Pero esa no fue la primera vez, porque antes fui a Alemania, invitado por una galería de ese país.
– ¿Cómo así?
– Un turista alemán me compró en el Ejido, dos cuadros, para regalarlos a su novia: y como habían tenido alguna relación cercana con una galería de Berlín, les interesó mi pintura y me invitaron.
– ¿Cómo le fue?
– Vendí todo lo que expuse, y otros cuadros que pinté allí. Año 1992, o sea en mis comienzos. Además, me invitó nuestra Embajada en Alemania, y pude exponer también en Bonn; muestra para la cual pinté 40 cuadros. Eso despertó mucho interés por mi obra.
– Parece que a los extranjeros les interesa lo que usted hace, o su manera de hacer..
– Sí, porque en mi primera exposición que fue en el 87, en Alianza Francesa de Quito, invitado por un señor que había sido un conocedor del arte, él mismo me compró algunos cuadros, y después venía a mi taller a ver lo que estaba haciendo. Y, es más, a esa misma muestra había asistido un galerista de Pontevedra, España, Julio Pedrosa, quien me compró 22 obras de las 30 que expuse., de formato grande, y después venía dos o tres veces al año y se llevaba de 20 a 30 obras. Recuerde que para entonces yo había ganado ya el Salón de Octubre.
– O sea que en España hay muchas obras suyas.
– Sí, porque posteriormente me visitó una historiadora del arte, doña Mercedes Cifuentes Ayúcar, que me hizo firmar un contrato de representación para su país, por dos años,. Y se llevó muchas de mis obras, para la galería que tenía en Bilbao.
– No muchos pintores han tenido esa suerte.
– Después vino también un italiano, que llevó dos exposiciones mías a su país. Entonces, fueron unos años maravillosos. Inclusive estábamos preparando una exposición grande para España, con el señor Pedrosa, pero desafortunadamente murió de un infarto en París.
– ¿Podríamos estar hablando de pintura exótica, estéticamente atractiva?
– Así lo creo…
– ¿Otros recuerdos gratos?
– En el 97 fui nuevamente a México, donde he estado por tres ocasiones. He Ido también tres veces a Estados Unidos, Miami. Allí me alojé un tiempo en la mansión del galerista que me invitó. Para que trabajar allí, En Nueva York estudié las obras del Museo Metropolitano. De esas visitas tengo los mejores recuerdos.
– ¿En el Ecuador?
– Prácticamente en todo el país. La doctora Inés Flores me mandó a uno de mis primeros recorridos, cuando pintaba el tema de los niños de ayer y sus juegos tradicionales. Por ella, que, como parte de un jurado, me había dado una mención de honor de un Salón de Julio, fui a Zaruma, ¡Que experiencia tan linda! Y a propósito de recuerdos gratos, me viene a la memoria la primera venta de un cuadro.
– ¿Qué cuadro fue?
– Era un bodegón que pinté en la Facultad, cuando recién había nacido mi hija, y como necesitaba dinero, porque ya tenía responsabilidades, tomé ese cuadro y me fui al Ejido. Le gustó a un señor y me pagó 2.000 sucres. ¡Qué alegría! Año 81. Yo estaba en la Facultad, y entonces me dije, esto está mejor, y me retiré… Desde entonces, siempre he vivido del arte.
– ¿No ha hecho otra cosa?
– Bueno, pues, con el feriado bancario y la emigración, por primera vez trabajé en Nueva York, y fue una experiencia extraordinaria, porque viví cuatro meses con la gente que tuvo que ir allá para trabajar, con los migrantes, con su amargura, su dolor, su humillación. Ahí trabajé en un restaurante. En el Ecuador ya no se vendía arte, pues se cerraron las galerías, y como no sabía sino pintar, tuve que aprender la pillería y otros menesteres del restaurante… Pero ahí pinté dos murales para otro restaurante.
– ¿Murales?
– Sí, porque yo he practicado todos los géneros y todas las técnicas de la plástica, inclusive la cerámica, y siempre con la idea de que lo mejor es lo más espontáneo, como respuesta a la emoción primaria. Envié a mí familia un dinero para pagar las deudas que había contraído: volví más tardea mi tierra y al Ejido.
– ¿Hasta?
– Hasta que un día, Jeanny Forabochi, un galerista extranjero que compraba mis cuadros, me dijo, “Jaime, estas obras no merecen estar exponiéndose aquí; tienen que estar en otro sitio, donde verdaderamente sea reconocido su arte. Entonces le di mi palabra de honor de dejar el Ejido, porque era tan buen cliente, que gracias a la compra que me hizo pude construir mi casa, donde instalé mi taller. Esto era en Quito; ahora he vuelto a mi tierra, San José de Minas; porque aquí me siento mejor, y estoy revisando lo que me queda de mi obra, de treinta y cinco años de pintor, y me siento satisfecho. Como decía Séneca, “ el pintor encuentra más placer en pintar que en contemplar el cuadro”. De ahora, en adelante va a ser otra etapa de mi vida. Voy a ver qué pasa…. Quedan mis recuerdos…
– ¿Algunos ingratos?
– Bueno, si… Cuando la señora Eudoxia Estrella, que era Directora del Museo Municipal de Cuenca, dijo que no entendía mi estilo de hacer arte. Después expuse en la Casa de la Cultura de esa ciudad, donde fui a vivir un tiempo, en la casa de un corredor de arte.
– ¿Ahora?
– Como ya le dije, comienzo una nueva etapa.

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