La naturaleza bullente de Romero

EXPOSICIÓN LUGANO- SUIZA ( Maestro invitado )
Agosto 2013

La naturaleza Bullente de Romero
Por Hernán Rodríguez Castelo

La fascinación de Jaime Romero por la naturaleza viene de antiguo. En plena naturaleza –vegetal, florita- recostó un poderoso desnudo y lo tituló, precisamente, “Naturaleza viva”, haciendo de ese cuerpo de mujer parte de la vida vegetal.
Y una de las grandes direcciones que tomó su expresión en la primera mitad de los años 90 fue la naturaleza, una naturaleza depredada y en peligro, vista con ojos absortos.
Y, cuando abordó el tema del amor, en su “El jardín de los enamorados”, puso esas parejas en medio de una naturaleza voluptuosa que las inspiraba y dotaba de sentidos. De entonces fue “Naturaleza viva”, de grandes flores gruesas de materia, trabajadas a espatulazo recio, en clima de libertad expresionista.
Pero en la etapa novísima, que esta muestra recoge -obras de 2010 a 2012-, el artista se ha volcado hacia la naturaleza, se ha sumido en ella, ha entablado férvido diálogo con ella.
Todo en estas telas es naturaleza. La selva con su tupido tapiz de vida. Hojas, flores, mariposas, aves, algún animalito, en un bullir de color y formas.
Las figuras respetadas. Ese respeto se ha traducido en dibujo. En estas obras una de la claves expresivas en el dibujo. Es la línea que ha captado esos seres, en su moverse entre simplicidad y complejidad. Ese dibujo ha sido coloreado con una materia tan leve y ágil como la acuarela: emulsiones acrílicas. La materia ha aportado libertad a esas visitas a este mundo. Y ese dibujo y esa materia y esas tintas han permitido al artista captar y plasmar primeras impresiones. Sin corrección alguna, sin retoques ni nuevas veladuras.
A Romero, lo sentimos, le ha fascinado ese mundo. ¡Cuánta flor amarilla o roja o naranja, y cuánto verde de esa gama de verdes que solo la naturaleza selvática es capaz de urdir! Y mariposas, y por allí pájaros. Criaturas de vestido simple o de fastuosas galas.
Hay en estas telas varias clases de pájaros, mariposas y flores. No es el registro del naturalista. Juan Manuel Carrión lleva treinta años siguiendo pájaros y fotografiándolos y nombrándolos y clasificándolos. Por el mundo de Romero damos con tres o cuatro colibríes diferentes. Carrión ha identificado, en un país tan rico en flora y fauna silvestre como el Ecuador, ciento treinta especies de colibríes.
Jaime Romero, artista, en estas incursiones por la naturaleza ha avanzado con un muy peculiar afán venatorio: a caza de sorprender en su rica belleza, siempre nueva, vida natural. Pero, sin sentirlo, se ha deslizado hacia curiosidades de naturalista: ese pájaro cuya belleza ha sorprendido, ¿cómo se llama? ¿Y qué lo distingue de otros parientes, cercanos pero diferentes? Apasionante inquietud que lo llevará hacia insospechados recovecos de esa vida natural.
Pero lo suyo no es ni lo será nombrarlos ni describirlos, y, peor, clasificarlos. Su tarea es sorprender, fijar y trasmitir todo ese inagotable repertorio de belleza con tanto de enigmático, incitante en su bullir de magia y vida. Para el artista hojas, flores, mariposas, pájaros y otras criaturas de ese mundo -y hasta alguna llevada allá por la libertad fabuladora del creador- son notas de esa sinfonía cromática que muchos espíritus sensibles y silenciosos escuchan, pero él tiene poderes para apresarla en sus telas, cifrando en ellas todo ese desborde de belleza viva para su desciframiento en las paredes de una galería o en los gregarios espacios de la habitación moderna.
Con esa carga de vida transida de belleza y con esos poderes del captador y trasmisor de esa belleza, estas pinturas de Jaime Romero son la mejor embajada que podía enviarse desde el mundo ecuatorial a la sabia y vieja Europa.

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