LA ESTÉTICA OTRA DE JAIME ROMERO

Rodrigo Villacís Molina (12, set.2017)
LA ESTÉTICA OTRA DE JAIME ROMERO
Frente a un cuadro del pintor Jaime Romero, el espectador puede sentirse, digamos, desconcertado; pues lo que hace este artista suele no responder precisamente a lo que solemos ver en exposiciones y galerías. Diríamos que estamos frente a una obra que ignora los principios de la plástica tradicional; pero también las novelerías contemporáneas, que a veces pretenden hacernos creer que cualquier cosa es arte. De todas maneras, Romero le da la espalda al canon; pinta lo que le viene a la mente en sus momentos de inspiración, sin filtro alguno: de modo que puede contrariar, sin que le importe, la realidad en cualesquiera de sus manifestaciones, sobre todo en la anatomía humana; como, entre otras arbitrariedades, la manera de simplificar los rasgos del rostro humano, estandarizándolo, quizás, porque quiere mostrar gente, no personas en particular. Y ese es él. Por eso, cuando hace algo como los otros pintores, ya no lo reconocemos. Inclusive se ha dado modos para mutar su apellido, poniendo patas arriba la M de ROMERO, para que se lea ROWERO. Así firma.
De ahí que en estos términos, el dibujo pierde importancia: la misma que, en cambio adquiere la mancha, “liberada –dice Jaime- de la cárcel de la línea”, y por supuesto, el color, las texturas y ciertos efectos especiales, conseguidos con los recursos más extraños, como el agua, el fuego (que “chamusca” el soporte) y otros que son “secretos”. Por eso, él investiga, experimenta; fracasa y vuelve a intentar e intentar, para producir, a la larga, un discurso plástico novedoso, irreverente, audaz, que le sorprende al mismo artista, siempre en busca de algo que no sabe si podrá alguna vez hallarlo, y cuyo efecto tampoco sabe cuál puede ser para la óptica de los que consumen arte.
Diríase, entonces, que lo que hace Romero es una suerte de Pintura-fusión, porque mezcla lo que se le ocurre –técnicas y materiales-, “para ver qué sale”. Puede parecer absurdo , o aventurado, o cualquier cosa: pero el resultado a mí personalmente me convence, pues el creador en pleno trance, sin nada que limite su inspiración o su necesidad de expresarse, y sin importarle que eso guste o no al otro (simple espectador o crítico), con tal de que a él le satisfaga. Tanto que no quisiera desprenderse de eso que ha plasmado en el soporte.
Son obras –lo dice el mismo artista- que responden a la “primera intención”, que puede ser tomada como apenas abocetada, con enérgicos trazos. Pero es el resultado de la emoción del momento, nada más. Cuando lo explica gesticula como si estuviera frente al soporte, y subraya que no vuelve a lo que acaba de hacer; no quiere refinamiento alguno, porque a lo mejor piensa que se traicionaría. Eso es lo que le nace, y punto. Claro que no todos le comprenden, y hay casos en que su obra ha sido rechazada en museos, subestimada por la crítica académica, en fin, por inacabada, por su distorsión de las formas, porque simplemente no gusta y, claro, porque no empata con ninguna corriente al uso. Romero se encoge de hombros y sigue con lo suyo. Sin embargo, en su carpeta hay también opiniones elogiosas de críticos nacionales y de otros países donde ha expuesto.
En su temática se destacan los niños, con sus juegos y travesuras; son figuras por lo general evanescentes que inspiran ternura; también algo de zoología y por ejemplo unos gallos que están ahí como queriendo ocultar su condición de tales. Y no faltan los retratos, diríase más bien caricaturescos, que no aceptarían como suyos los tratados, y hasta un autorretrato que Jaime sí lo acepta. Pero lo que me inquieta son los desnudos: mujeres en diferentes poses, algunas muy sugestivas, que tratadas de una manera convencional podrían resultar hasta ofensivas para un espectador puritano; pero que a la manera de Romero no ofenden a nadie, precisamente por la ausencia del detalle. Ese tema ha sido desarrollado siempre con modelos, o con apuntes en salas de Strip tease. Y hay también un cuadro titulado El paredón, aludiendo a la revolución cubana.
Pero este artista tampoco ignora el abstracto, y tiene no pocas obras que se reducen a juegos cromáticos con fuertes texturas y sin otro propósito que ofrecer una fuerte impresión visual. A propósito, él alude a la influencia de algunos pintores de esa tendencia, y es como si se hubiese preguntado ¿y por qué no ensayar con ese lenguaje que no me dice nada?
En este plan de permanente búsqueda Romero ha practicado también la escultura en cerámica, pero esa técnica no se aviene con sus destrezas, ni con su manera de hacer. Y le ha servido sólo para entender precisamente esto.
De otro lado, lo curioso y al mismo tiempo revelador, insisto, es que, cuando como dibujante o pintor, hace un bodegón, por ejemplo, o un retrato a la manera tradicional, ya no es el Jaime Romero al que estamos refiriéndonos; es como si estuviera traicionándose. Él se debe a su estética otra, que, eso sí, puede ser debidamente apreciada cuando sus pinturas o dibujos son parte de un conjunto; esto es, en un contexto que le permite al espectador ver que cada obra responde a una visión particular de la estética, a un lenguaje personal, a una concepción muy suya de la plástica, que no admite sino la impronta.
Y esa óptica se manifiesta también cuando Jaime experimenta con otras técnicas y materiales como arcilla, aserrín, resinas, plásticos, etc., caprichosamente ; como si estuviera experimentando por experimentar, en términos de un casualismo regido por una curiosidad: “a ver qué pasa”. Esto es, como respuesta a una suerte de curiosidad creativa, que da lugar a obras como Catástrofe nuclear; o Basura extraterrestre, Galaxia, Vía láctea, astutamente no figurativas, frente a las cuales el espectador solo puede pensar en una experiencia lúdica o, como ya se dijo: ¿por qué no hacerle el juego a lo espontáneo? Y a juicio de Jaime, es lo que ve y como lo ve y siente el artista. “Porque pintar no es cosa de ver, sino de sentir, para que el espectador vea lo que el artista ha sentido…”
Y hay que añadir que a los materiales extrartísticos que suele usar Romero en sus abstractos, los somete a la acción del tiempo; a lo que la lluvia, la humedad, el sol, el viento y lo que éste trae consigo, hagan con ellos, con esos materiales: se oxidan, se pudren, se deforman… Deja que la naturaleza haga su trabajo después del suyo. Es, entonces, una labor intensa, ciertamente audaz y que puede asombrar por el quéminportismo del artista frente a la crítica. Dice que hace lo que le sale de primera intención; porque necesita expresarse, sin pensarlo dos veces…
Y, en tales condiciones, con esa ligereza de elaboración, con ese desinterés por retocar, por pulir o refinar la obra (una idea es un dibujo, un cuadro; no hay un plan, no hay un desarrollo de esa idea, porque no quiere distorsionarla), y hay que respetar esa actitud. Estas, sus ideas y por tanto su obras, se multiplican, son abundantes, y dan lugar a cientos de cuadros, de diversos formatos, inclusive muy grandes; es una producción caudalosa. Obras que han sido conservadas con cuidado, a lo largo de los años. Las que no se han vendido. Porque afortunadamente, tampoco han faltado los ojos capaces de apreciar las excelencias tan propias de la obra de Romero, un artista que a su modo y por su creatividad, ha enriquecido incuestionablemente la plástica del país y ha trascendido incluso sus fronteras. Esa abundante colección que el artista conserva, la ha destinado a una muestra permanente que prepararía en su residencia de su pueblo natal: San José de Minas

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