Las criaturas de Jaime Romero y sus nuevos horizontes

Por HERNAN RODRIGUEZ CASTELO,
de la Academia Ecuatoriana de la lengua y la Asociación internacional de Críticos de Arte (A.I.C.A)

Jaime Romero pertenece a una generación que, en artes visuales, por encima de cualquier negación de la generación anterior, busca profundizar en el neo expresionismo de sus antecesores inmediatos, radicalizándolo por un lado y abriéndolo a nuevas dimensiones por otro.

Para mediados de los ochenta cuando se instala en la que seria su manera personal de decir el mundo con formas, colores y materia, Romero pinta la figura humana. Morfología elemental, despoja de cualquier detalle, y rostros de expresividad tan simple como fuerte. Hace vivir a esas criaturas, desde ceremonias nupciales ( al estilo de “ Novios” del salón de Julio de 1987) hasta manifestaciones colectivas, o festivas o dramáticas. En algún momento da a esas figuras una forma ahusada, que sugiere movimiento sobre si mismas, como trompos. Eran, sin duda, búsquedas de dinamismo y expresividad. Para los fondos tentó posibilidades de lo escenográfico: una plaza ancha, presidida por la recia molle de una iglesia, o extrañas esquinas de irreconocibles urbes.

A través de todas esas inquietas búsquedas que produjeron obra sugestiva y le valieron algunos premios en Salones Nacionales- llega a esta muestra que exhibirá, por pedido, en Alemania. ( “ Vale anotar que obra así esta exponiendo en Italia y España)
Sigue el artista fiel a una neo figuración deformante; pero ha ganado en libertad en esa deformación. Sin perder esa elementalidad que es clave de expresividad directa y recia, hay ahora mayor variedad de formas. Con ello el registro de señalamiento de lo humano se amplia.

Pero, mas allá de su variedad morfológica, las criaturas de Romero, solas o en pequeños grupos, tienen un rasgo común, un aire desolado. Y los rostros reducidos a un trazo delineante de la cabeza, dos manchas- ojos y una mancha- boca- se ofrecen tristes, absortos, al borde de la angustia.
Visión tan dura de lo humano cobra penetrante nota de ternura en los personajes niños.

Es impresionante un trabajo en grises para un niño con un ave blanca. En la elemental cabecita, los ojos y boca – trazos negros de vida constreñida a la emoción primaria- son gestos de dolor. ¿ en que ha muerto el ave? Arriba- trazo infantil desmañado-, un sol.

En otras obras, el personaje solitario es un fantasma niño.

Y en otra tela, esos niños tristes juegan. Contra sugestivo fondo de azules y blancos, unos niños juegan en grupo: saltan la cuerda; tienen a su pie una rayuela. Los trazos de la cuerda tienen ritmos de juego, y el conjunto logra algo de ceremonia grupal. Como para pensar que ese juego pudiera conjurar temores y procurar algo de dicha; acaso de comunicación.

No obstante, también esos niños dejan una dolorosa impresión. Y este es un mundo desolado, de honda y radical tristeza, en el que apenas, muy apenas, se insinúa algún horizonte de esperanza.

Entre las razones para estos rostros desolados aparece, en obras ultimas, lo ecológico. La carita infantil, como asustada paz blanca, ojos que son solo manchas negras y la boca, rictus negro, en medio de verdes que surgieron nuestra selva amazónica devastada por la voraz explosión petrolera. Y otra niña vive su dolorosa vigilia junto a un árbol.

Obra de tan intensa unidad de cosmovisión se realiza de dos maneras, y cada una de ellas le confiere su propia dimensión. Difieren básicamente en lo textual. En la una los fondos son fuertemente texturados, riquísimos de materia cromática. Verdaderos grumos de sustancia. En la otra los fondos se resuelven con brochazos amplios, sueltos, ligeros de materia. Estas segundas obras se trabajan con rapidez; aquellas otras han llevado, se ve, tiempo.

En ninguno de los dos casos el artista aboceta o dibuja sobre la tela. Para él el primer paso para crear su mundo es manchar. Acaso guie obscuramente ese manchar cierta idea; ello es que mancha. Y estudia las manchas, hasta que descubre en ellas a sus criaturas y su mundo.

Es, por ejemplo, una de esas telas que el artista llama “ paletas”, porque sobre ella ha mesclado sus colores y han quedado ricas huellas de toda esa alquimia. De ese poderoso conjunto de manchas, gruesas de materia, un blanco le sugiere un niño. Uno de sus fantasmales y lúgubres niños. Los saca a vida autónoma, mediante recio y elemental trazo. Y la pone a saltar la cuerda. Otra mancha, algo mas arriba, le sugiere “ el diablo huma” del folclore andino, y le da vida. Están ya sus criaturas. Deja entonces secar la tela, y todavía las sujeta a un procesa de envejecimiento. Hay se ve un concienzudo y sabio oficio. Que es el que asegura a estas obras sus calidades visuales y sus poderes expresivos.

Lleva romero al corazón de Europa imágenes hondamente americanas. No de la cara festiva de este mundo; de su cara sombría y dolorosa. Al artista autentico no se le puede exigir fáciles complacencias. Lo que se le exige es pintura y Romero es todo un pintor. De allí lo rico y casi desasosegante de esas criaturas suyas y nuevos horizontes.

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