Pinceladas de solidaridad latinoamericana

LA REPUBLICA
GUATEMALA Lunes 5 de diciembre, 1994

PINTURA
Pinceladas de solidaridad latinoamericana
Por Tasso Hadjidodou

“ Al arte hay que llegar limpio, sin buscar referencias, simplemente sintiendo desde adentro”. Antoni Tapies.1994.

Toca a su fin la actual romería artística de Jaime ROMERO en América. Pronto volverá a su Ecuador de origen. Su memoria de pintor se ha enriquecido saltando fronteras físicas y mentales. Su corazón de hombre ha incrementado su sensibilidad. Cada encuentro con el otro ha incentivado su imaginación. Al final de su itinerario se siente mas americano sin por ello renunciar a un ápice de su solida identidad ecuatoriana. El cóndor sigue volando alto.

Estoy convencido que para ROMERO enfrentarse a una tela virgen es desafío diario, es dialogo de tu a tu. Transmite a su pincel sus angustias de ser humano inmerso en la condición donde se ubica. En el caso presente nos muestra un Salvador a su manera, un Salvador a palpado pulgada por pulgada de color y esperanza, un Salvador sugerido en pocas instantáneas mas amargadas que dulces.

Lejos de ofrecernos una documental turística escogió vivencias trágicas, el dolor de cada día, la niñez sin infancia, comunidades donde la paz no ha logrado todavía sanar las heridas de la guerra fratricida, paisajes abstractos donde aparecen, de repente, siluetas procedentes de algún planeta de horror, siluetas difusas de niños en vías de asumir su niñez de verdad.

Tengo la impresión de que a su pincel se le paro el pelo al interpretar, cuadro tras cuadro, desdicha tras desdicha. Los gestos que caracterizan su forma de pintar trasmiten fuerza, pasión, ira, silencio. No le gustan o no caben en su obra superficies perfectamente acabadas. Prefiere expresar en este caso con acrílicos y todo lo que implica esta técnica, el giro desgarrador de la forma tal como se la imagina frente al grito no menos violento del color.

La serie que presenta hoy parece guiarnos a un viaje al centro de la tierra, del miedo, habilitada por niños nacidos en un apocalipsis. Trasladarlos, apresuradamente, al lienzo es, en cierto modo, dar testimonio, es tratar de decir al mundo que hay que salvar lo que todavía se puede salvar.

Atrapado en un arte, definiendo su propia disciplina, respeta en cada creación su liberación y usa los medios que posee para comunicar con la sensibilidad que nos queda en un mundo deshumanizado.

Mira a sus personajes sin mascaras, en su desnudez psíquica, desprovistos de oropel.

Al leer su obra plástica, nos impacta sus agujeros negros en el cielo o en la tierra, sus fantasmas de toda densidad, sus “ totitos” o “ tres y raya” donde en cada esquina apuestan al amor o al odio, sus flores que el asfalto olvido destruir, sus montes abstractoides que llevan clavados espejismos de felicidad, sus lunas entre “ que si “ y “ que no”, sus montes arriba y sus montes abajo.

Nos comunica su prisa cuando con fogoso expresionismo traza signos que no siempre entendemos especialmente cuando, como dice el mismo, “ se pone a volar miles de cosa”, incluyendo su arte, su vida.

Una gestual propia construye su atormentado cosmos que es también nuestro.

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